miércoles, 26 de enero de 2011

Vivir Asi

El Molino Werner y la ex escuela 92 supieron dar trabajo y educación a los santarroseños. Hoy residen allí mas de 35 personas pero con otra finalidad Estos edificios, o lo que queda de ellos, son el techo de más de 10 familias.
Sin trabajo, sin oportunidades y en situaciones sociales muy complicadas, hay gente que no tiene otra salida que irse a un lugar que no reúne las condiciones para ser habitado.
Esto no es Capital Federal ni provincia de Buenos Aires. Tampoco son extranjeros que vienen de una villa y no entraron a estos sitios mediante una usurpación violenta.
Son santarroseños que viven en una escuela abandonada y en lo que fueran las oficinas del Molino Werner: hacinados, sin servicios, trabajando de changas o limpiando vidrios para llevar un peso al “hogar”. Todo a 10 cuadras de la plaza San Martín, en la manzana determinada por las calles Raúl Ávila, Carmela Ortiz, Pavón y 1º de Mayp.
Allí viven parejas jóvenes que no pudieron seguir alquilando o que se fueron de la casa que habitaban junto al resto de sus parientes, cada uno con su respectiva familia.
Dos hermanos y sus esposas e hijos, entre ellos una nena recién nacida, tienen como casa cada uno, lo que fueran aulas. Las han pintado y "acondicionado" porque tienen un oficio: son pintores de obra aunque hoy limpien vidrios frente a la municipalidad.
Cinco familias, todas numerosas, se reparten los diferentes ambientes de la casa junto al Molino. Como una postal de una sociedad de antaño, las mujeres cocinan, limpian y cuidan los niños y la “casa” mientras los hombres trabajan de changas (en la ciudad, en el campo, donde sea)
Están todos en una situación no contemplada por ninguna autoridad: tienen trabajo pero inestable, son grupos familiares numerosos pero no califican para las viviendas del IPAV (o por lo menos no han accedido aún), tienen familiares en la ciudad pero éstos no pueden ayudarlos, ya que están en una situación tan difícil o peor que la de ellos.
En este panorama, la necesidad de tener un techo, aún en estas condiciones, es la única salida ante la falta de presencia del Estado. Algunas madres cobran la Asignación Universal por Hijo, porque todos los nenes van a la escuela, pero no alcanza.
Desde que viven allí han tenido la visita del frío, del calor, de la lluvia, de la policía y las intimaciones de desalojo pero nunca de Acción social del municipio o Bienestar social de la provincia.
No es la intención mostrar la pobreza y hacer de ello un hecho periodístico, pero es la mejor opción antes que políticos en campaña aparezcan con promesas en este año electoral.
Muchas veces se ha hablado y publicado de la gente que vive en estos lugares, pero han quedado como hechos anecdóticos. Quizás porque están en una zona hoy sin actividad es que nadie los ve, o nos los quiere ver, aunque estén en el centro de la ciudad 
Lo único presente es la inacción estatal.
El pedido de Iván, Juan, María y todos con quien hablamos es, por un lado, la casa. Todos trabajan, de lo que sea paro juntan el mango y poder vivir. En base a su trabajo y lo que recaudan, consideran que pueden pagar la cuota de una vivienda del IPAV. El pedido no es nuevo: la mayoría están inscriptos para recibir una casa de barrio desde hace años. Sin embargo, un trabajo estable también les permitiría poder pagar un alquiler para habitar un lugar en mejores condiciones.
El segundo pedido, y el que sorprende, es donde serán publicadas las fotos y la charla que tuvimos con ellos: su historia, su presente, sus necesidades. Desde nuestro lugar, establecimos un compromiso de difundirlo pero lo que ellos requieren es que alguien les de la posibiliidad de tener un techo propio porque trabajan, cuidan y educan a sus hijos como cualquier otro vecino. Pero pareciera que el hecho de vivir en un lugar abandonado los excluye de ese beneficio.
Hay quienes tienen responsabilidades ante este tipo de situaciones y esperamos, quien escribe, quien ilustra con sus fotos y quien publica, que no sólo tomen las medidas necesarias para solucionar la situación de éstas familias sino que se preocupen también por muchas otras que están en situaciones similares,, para que no lleguen a este extremo.
La despedida deja una conversación con la fotógrafa en la que coincidimos pero al mismo tiempo nos sorprendemos: "Los del Molino están mejor que los de la escuela". Vaya contradicción considerar "mejor" una forma de vivir menos indigna que la otra, tan alejadas ambas, de lo que debe ser vivir “bien”.
La salida también nos deja una gran paradoja: detrás de este lugar se erige la obra del megaestadio, con millones de pesos gastados, y a pocos metros, viven familias en las que no se invirtió ni una moneda.


Martìn Rodrìguez.
Foto: Emilia Gaich

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